Guerras y Luchas Dinasticas del Perú

Luchas dinásticas y guerra de panakas

Introducción

¿Qué país fue el que en 1532 encontraron aquí los invasores de ultramar y merced a qué pudieron conquistarlo en un tiempo relativamente corto? He ahí una pregunta interesante, cuya respuesta aún no se ha desentrañado del todo. Al momento de entrar al Perú la hueste de Francisco Pizarro, podían observarse en el imperio incaico varias contradicciones: Hurin contra Hanan; clero solar contra ejército; panaka de Pachacuti contra panaka de Túpac Inca Yupanqui; estado imperial contra señores locales; estado imperial contra esclavos yanaconas; estado imperial contra acllas; estado imperial contra campesinado hatunruna; señores locales contra campesinado hatunruna, etc. Es todavía difícil señalar cuál era entonces la contradicción más importante, pero el hecho de haberse generado en ese tiempo una guerra civil entre los orejones nos lleva a postular como tal la que existió entre los Hurin y los Hanan, indesligable de la contradicción entre el clero solar y el ejército cuya derivación fue la lucha entre las principales panakas imperiales.

El proceso subsiguiente de la invasión española, cuya respuesta fue la guerra de resistencia incaica, dio cauce a la agudización de las otras contradicciones, al sublevarse contra el Tahuantinsuyo varios señores locales y miles de yanaconas esclavos en medio de un trastorno total cuyo epílogo fue la destrucción del Tahuantinsuyo y la anexión de su territorio a un imperio extranjero.

Sobre el tema de las contradicciones en el incario se han publicado importantes apuntes, destacando los de Carlos Núñez Anavitarte, Gustavo Valcárcel, Emilio Choy, Antonio Díaz Martínez, Pablo Macera, Luis Guillermo Lumbreras, Julio Roldán, José de la Riva Agüero, Raúl Porras Barrenechea, Medardo Purizaga, Efraín Morote Best, Julio Valdivia Carrasco, Agustín Barcelli, Waldemar Espinoza Soriano, Alberto Bueno Mendoza, Hernán Amat, Henrique Urbano, María Rostworowski, Liliana Regalado, Franklin Pease, Edmundo Guillén Guillén, Víctor Hugo Guevara, Humberto Vargas Salgado y Juan José Vega, por citar sólo a los autores peruanos más conocidos, cada uno de los cuales ha presentado novedosos enfoques sobre el devenir político incaico, que constituye el tema central de nuestro análisis.

Mucho se ha hablado ya acerca de la carencia de unidad nacional en el Tahuantinsuyo, explicable si se considera que apenas tenía un siglo de existencia al irrumpir en él los invasores españoles, incidiéndose en su fragilidad producto de su conformación multinacional. Pero el examen efectuado, con algunas excepciones, tiene la deficiencia de ser sincrónico. Además, el estudio de las contradicciones entre dinastías y panakas, así como lo relacionado con las clases en pugna, ha sido de alguna forma soslayado. El modesto trabajo que aquí presentamos, aunque sin abarcar la totalidad del proceso, pretende aportar nuevas luces para la comprensión de tan importante tema.

Las contradicciones en el Imperio de los Incas no eran de ninguna manera recientes, puesto que habiendo existido desde siempre encontraron su máxima expresión en la guerra que enfrentó a Huáscar con Atahuallpa. Para llegar a entenderlas es preciso referirse a todo el devenir histórico incaico, desde sus orígenes. Casi es obvio señalar que tales contradicciones obedecían a claros móviles económicos. Estuvo en disputa el control de las tierras y de las colectividades humanas que las trabajaban. Las dos facciones dominantes -aristocracia religiosa y aristocracia militar- eran poseedoras de las dos terceras partes de las tierras – las  llamadas del Sol y del Inca -, y siempre una de las dos pretendió para sí la suma del poder, el acaparamiento de toda la riqueza. La otra tercera parte era usufructuada por los señores locales y el campesinado hatunruna, dividida lógicamente de acuerdo a criterios clasistas.

Sobre la base de la lectura detenida y reflexiva de crónicas, probanzas, memoriales y otros papeles antiguos, y a la luz de la bibliografía moderna que existe sobre el tema, se defienden en estas páginas nuevas hipótesis, que si bien se sustentan con pruebas documentales, de ninguna manera pretenden aparecer como verdades absolutas. Tal es la variedad de versiones que así como cada uno de sus asertos se nutre en fuentes autorizadas, los posibles desmentidos pueden hacerse con testimonios de similar procedencia. Sin embargo, creemos que el exhaustivo estudio de la política incaica a la luz de sus contradicciones es una buena base para exponer con cierta autoridad planteamientos que de otra manera podrían parecer irreverentes.

En lo que toca a la guerra entre Huáscar y Atahuallpa, no tenemos hasta la fecha un trabajo convincente. Exceptuando aportes significativos en algunos de los autores antes citados, advertimos en la bibliografía que sobre el tema existe crasos errores, conclusiones fáciles de ser refutadas, generalizaciones discutibles y, por cierto, chauvinismos absurdos. Todo ello se refleja en los textos de enseñanza escolar, donde la peor parte -si cabe esta apreciación- la ha llevado Atahuallpa. Tal vez el chauvinismo ha sido principal causa de antojadizas interpretaciones, formándose bandos en enconada y estéril pugna. El error ha sido general, de autores peruanos, ecuatorianos y de terceros. Y nació con los primeros cronistas, que recogieron versiones parcializadas cuando no se parcializaron ellos mismos. Los cronistas tardíos, posiblemente algo más valiosos, tampoco entendieron el proceso, aunque consignaron datos sueltos de suma utilidad para la reconstrucción histórica. El gran problema surgió con la publicación de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, no sólo porque ofreció una visión idílica de la historia política incaica sino porque se parcializó en extremo con Huáscar. Por mucho tiempo Garcilaso orientó todas las historias peruanas, y oponérsele se consideró atentatorio contra el testimonio “oficial” cuzqueño. Subsiste este prejuicio en cierta medida, pero es sólo eso, un prejuicio, pues existieron dos versiones provenientes de las panakas imperiales cuzqueñas, y la de Garcilaso no sería precisamente la principal.

Expliquémonos. Como se sabe, el imperio surgió con Pachacuti, pues antes de él sólo existieron reyes del estado regional cuzqueño, desde Manco Cápac hasta Viracocha. La vigorosa expansión iniciada con el triunfo sobre los Chancas permitió en corto tiempo la conformación de un estado panandino sobre un vasto territorio que integrado por muchas naciones fue señoreado por los orejones. Los emperadores de ese poderoso estado fueron todos descendientes directos de Pachacuti. Quiere esto decir, como se explica con detalle en este libro, que pertenecieron a la gran familia o panaka de Pachacuti, que se consideró dadora de emperadores. Pachacutinos fueron Túpac Inca Yupanqui, Huayna Cápac y Atahuallpa, no así Huáscar, que perteneció por ascendencia materna a la panaka de Túpac Inca Yupanqui. Visto que todos los hijos de un Inca tenían posibilidades de postular a sucederlo, para diferenciarse entre ellos proclamaron siempre la ascendencia materna. En consecuencia cada príncipe podía pertenecer a dos panakas, la paterna y la materna, y en las disputas civiles adquirió mayor importancia esta última.

Ccacha Pachacuti Inca Yupanqui fue el nombre que adoptó Atahuallpa al ser proclamado en la localidad de Carangue -extremo septentrional del imperio- nuevo emperador del Tahuantinsuyo, hacia 1529. Simbolizó ese nombre su calidad de conductor militar – Ccacha era el dios de la guerra- y su parentesco con la principal panaka imperial. Insurgió en defensa del predominio Hanan pachacutino contra el cual se rebeló en el Cuzco su hermano Huáscar, príncipe de la  panaka de Túpac Inca Yupanqui , quien al ceñir la borla adoptó el nombre de Inti Cusi Huallpa, dando a entender su relación con el clero solar, último bastión de los Hurin Cuzco. En la lucha por el poder absoluto todo pareció válido a los rebeldes, pues Huáscar renegó de sus ancestros Hanan proclamando la restauración de los Hurin, arrastrando en este desvarío a su panaka materna. De esa manera a las contradicciones Hurin contra Hanan y clero solar contra ejército se sumó la pugna mortal entre las principales panakas Hanan, convulsionándose todo el Tahuantinsuyo con una tremenda guerra civil.

Había triunfado Atahuallpa y restablecía por la fuerza el “orden” imperial con dominio de la dinastía Hanan y de la panaka de Pachacuti, cuando hicieron su aparición  en el imperio los invasores de ultramar. Los menospreció el Inca, que se consideraba el monarca más poderoso del mundo, originando con tal confianza su captura en Cajamarca. Hecho prisionero Atahuallpa remitió órdenes a los generales de su ejército, que ocupaban la sierra desde el Mantaro hasta el Cuzco, para que se dispusieran a combatir a los invasores. Al descubrirse sus planes fue ejecutado el 26 de julio de 1533. De inmediato, su ideal fue asumido por los jefes de su ejército, que desataron la guerra con holocausto de sus mejores cuadros.

Las crónicas de ese tiempo recogieron básicamente los testimonios de los enemigos nativos de Atahuallpa, muchos de los cuales se aliaron con los españoles. Y los siguió el Inca Garcilaso, cuya madre Chimpu Ocllo perteneció a la panaka de Túpac Inca Yupanqui. Surgieron así fábulas de todo tipo en el afán de justificar el asesinato de Atahuallpa. Recién hacia 1550, Juan de Betanzos, un español cuzqueñizado, que había tomado por esposa a la princesa Cusi Rimay de la panaka de Pachacuti -la misma que Huayna Cápac designara para Coya de Atahuallpa-, tuvo a través de ella acceso a la versión oficial de los emperadores, redactando una crónica más ajustada a la verdad, y a la lógica.

Por desgracia, la mayor parte de tan valioso documento permaneció perdida por siglos, dando lugar a que se lucubrasen interpretaciones diversas, casi todas equívocas. Sólo hace unos años se encontró el Betanzos inédito, cuya publicación por la doctora María del Carmen Martín Rubio en 1987 marcó un hito trascendental en la bibliografía sobre los Incas.

La crónica de Betanzos esclarece mucho de lo que permanecía oscuro y permite la reconstrucción coherente del devenir político incaico, obligándonos a una revisión de todo lo antes publicado. De allí que ha riesgo de parecer irrespetuosos demandemos a los historiadores una nueva lectura de las fuentes, a efecto de plantear nuevas cuestiones y enriquecer el análisis.

Este trabajo de investigación ha tenido por especial motivación el diálogo constante con nuestros colegas profesores y con nuestros jóvenes estudiantes. Su intención primordial es la de corregir el criterio con el que hasta hoy se ha venido estudiando  la Historia de los Incas, proponiendo un debate esclarecedor con los especialistas en procura de hacer las correcciones pertinentes.